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Elena y sus pinceladas

Américo Fernández

En torno al eje de la sensibilidad artística de Elena Fernández, en vez de los balancines extractores del oro negro de la cálida tierra de Cabimas  donde abrió los ojos por primera vez,  gira el paisaje natural y humano de la Isla de Coche de donde vienen sus padres  y remotos ancestros.  Lo que evidencia que es el grito  de la sangre y no el lugar donde se nace, lo que se impone en el momento de la creación individual.  De allí en su pintura la permanencia de todo lo ontológico que la sustancia y que con los símbolos de sus raíces va delineando  en  una búsqueda constante con su propio lenguaje.

Para probar la consistencia  de lo que la envuelve, ha tentado los resortes de su resistencia  innata aventurando hacia otros horizontes y no se ha dejado sugestionar, como generalmente ocurre, ante los escenarios  deslumbrantemente exóticos del antiguo continente, particularmente de los de la  península itálica donde ha vivido y dado a conocer su obra  ni de los de la tierra azteca donde ha quedado desprendida una rama filial.

Lo vital de la Isla de Coche es más fuerte, más dominante.  Su presencia resalta en el gracejo de los colores y en la forma primitiva de la imagen que glorifica el espacio. Los componentes existenciales de cada creación buscan narrar la historia del nativo  salpicada de mar, piedra y brisa,  de guarichas y paraulatas, de cactus y retamas, de peces enmallados sacados de la inmensidad del agua.

Los trabajos artísticos visuales de Elena que ya se cuentan por centenas, denotan un estilo muy particular, donde se mezclan la ingenuidad más pura con el impresionismo. Su trabajo gusta y emociona a los entendidos de aquí y de otras tierras nada parecidas a la nuestra, eternamente tocada por el trópico encendido.  Su pasión  ha sido y es dar a conocer a través del arte que cultiva, estampas tradicionales de nuestro pueblo en un dinámico figurativo  de personajes, casi siempre en tropel,  de tallas infantiles, impregnados de colores que suben y bajan de acuerdo con el estado de ánimo.  La procesión del santo patrono de los pescadores perdura con mucha fuerza, asimismo las clásicas diversiones del pez atrapado en las redes de los habitantes del mar, las peleas de gallos criollos que parecen desintegrarse en medio del palenque y esa masa de agua procelosa, fervientemente azul, y  esas alegres guarichas con sus faldas desplegadas, estimulando con su canto la fuerza del trabajo y la lucha del hombre de mar contra los elementos de la naturaleza.

La pintura de Elena, en fin,  navega y ancla en los puertos sedientos de veleros embanderados de colores y símbolos del alma popular.

Américo Fernández

Ciudad Bolívar, marzo de 2014.

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